|
La Regla dada a los templarios es fiel reflejo de la benedictina e influenciada por la versión cisterciense y tendente, como aquellas, al establecimiento de una peculiar manera de vida.
Ambas, no mencionaremos los aspectos militares de los templarios por ser de sobra conocidos, institucionalizaban la total obediencia, la piedad y el más estricto secreto en cuanto a iniciación, conocimientos, castigos y especial manera de oración.
La dirección, en ambas reglas, era mantenida por el Abad (en los benedictinos) y por el Maestre (en los templarios) y por debajo de ellos una lista de subordinados importantes: senescales, comandantes y sargentos en la Orden del Temple y Priores, Hermanos Mayores en los benedictinos.
Ambas órdenes intentaban, sobre todo en sus comienzos, seguir una vida crística, reflejada en Jesús Nazareno (que no de Nazaret ya que esa ciudad no existía en tiempos de Jesús) realizando innumerables hechos que recordaban a los de Jesús y que, sobre todo en el caso de los templarios, servían más a fines de "imágen" que al convencimiento interior (los Maestres templarios periódicamente lavaban pies y manos a 30 pobres entregándoles a continuación ropas y comida).
La piedad era parte importante en ambas órdenes al igual que la cura de enfermedades, donde no se paraban únicamente en el aspecto físico sino que los consejos espirituales eran cosa común, aunque asignada solo a elegidos e impartidos a los necesitados (Hacer comprender el pecado antes que condenar al pecador).
En cuanto a la generosidad, y al igual que el Abad benedictino, el Maestre templario hacía de ella parte de sus responsabilidades, así por ejemplo, cuando entregaba ropas o ajuares a los hermanos, debía hacer lo mismo con leprosos u otro colectivo necesitado. Esa generosidad se hacía mas patente cuando se trataba de recuperar "ovejas perdidas" y devolverlas al grupo, en donde el Maestre extraía sus más amplias habilidades para este fin ya que, como comentábamos antes, la solución no era combatir al pecador.
En ambas reglas, y al igual que compasión y caridad, la total obediencia a la autoridad era incuestionable per se y no como camino para alcanzar metas no espirituales, y tanto en una como en otra se exigía el permiso del superior para realizar infinidad de simples actos, lo que contrasta con la permisibilidad de acogimiento a quienes, en aquella época, tenían sobre sus espaldas la más grave sanción: los excomulgados.
En el caso de los templarios, esta estricta obediencia tuvo además un condicionante legal pues, no olvidemos, que el Gran Maestre que residía en el Templo de Jerusalem tenía rango de Príncipe Soberano y, por ello, ejercía al margen de otros deberes, prerrogativas militares que suponían vasallaje en todos los aspectos de la vida de los hermanos. Siguiendo el articulado de la regla, como ejemplos, aparte de la obediencia estricta y sin dilación hacia el Gran Maestre, los hermanos no podían intercambiarse bien alguno entre ellos ni aceptar nada unos de otros. Item mas, si el Maestre lo consideraba oportuno, podía tomar caballo o armas de un caballero y entregárselos a otro sin que el perjudicado pudiera negarse a ello ni demostrar el más mínimo rencor.
Tanto el Abad de los benedictinos como el Maestre templario, regían sus instituciones con gran autoridad sin esperar otra cosa que la pía cooperación del resto de la hermandad.
En cuanto a las labores encomendadas, ambas reglas permitían que un hermano que se viera incapaz de cumplir una determinada orden, tarea o función, pudiera dirigirse a la mas alta instancia para tratar el tema, sin embargo, en ambos casos el punto de vista es idéntico: si la tarea es considerada injusta, se puede solicitar explicación pero, en última instancia, se debe confiar en que Dios la hará posible.
En contraposición a esta sumisa obediencia, en ambas reglas se fomenta la creación de consejos formados por varios hermanos para la solución de conflictos o acogida de nuevos miembros, sin embargo, con independencia de que ante falta de consenso Maestre y Abad pudieran hacer valer su poder final de decisión (El capítulo 3 de la Regla Benedictina ilustra la importancia de consultar a toda la comunidad ante un tema importante y donde todos los hermanos, fueren jóvenes o viejos, tenían el mismo peso).
En el caso de los templarios, la Regla expresa la conveniencia de reunir a capítulo para debatir temas de importancia como la adquisición de tierras, aspectos militares graves en tiempos de paz o guerra y elegibilidad de nuevos miembros en la Orden. En estos aspectos, el Maestre jamás decidía nada sin haber antes expuesto sus razones, por lo que es importante señalar que en ambas órdenes, tanto el Abad como el Maestre al cargo de sus comunidades debían de reconocer el valor de realizar consultas al resto de los hermanos.
La delegación de autoridad es otro aspecto a reseñar y en donde existen similitudes importantes. Por ejemplo, en el caso de la Regla Benedictina, los abates debían seleccionar como decanos a hermanos particularmente píos e inteligentes en orden a compartir responsabilidades. También era factible la creación de otra figura estrictamente monacal, el Prior a quien se le encomendaban funciones importantes. No obstante, esa figura no tenía una gran aceptación en la Orden, pensándose que debía estar por debajo de los decanos, a la vez que la consideraban que un prior podía estar mas cercano a corrupción que los decanos.
El prior jamás debía suplantar la autoridad del Abad, permaneciéndole fiel y obediente, al igual que el resto de la hermandad.
En el caso de los templarios, la jerarquía estaba tambien muy estructurada: el Senescal tomaba las riendas del poder en ausencia del Maestre, Comandantes y Sargentos tenían serias responsabilidades delegadas (militares fundamentalmente) y, por debajo de ellos porta-estandartes, hermanos caballeros etc.
Estas delegaciones de responsabilidad, permitían a maestres y abates liberarse para poder ejercer como padres y representantes de Cristo.
Dada la gran autoridad que emanaba del Abad y del Gran Maestre, su elección se basaba en un cuidadoso proceso en el que estaba envuelta toda la comunidad, existiendo aquí una nueva similitud entre las dos reglas: La Regla Benedictina enfatizaba en estrictos valores espirituales como principal requisito para ser elegido, aunque sin excuir a priori a ningún miembro de la Orden, aunque hay que señalar que un obispo local podía rechazar al elegido, al contrario que en el caso de los templarios quienes no estaban sujetos a autoridad ecleciástica alguna por debajo del Papa.
También es importante notar que la elección no era totalmente democrática, toda vez que, en el caso benedictino, el elegido debía someterse a un tamiz compuesto por un reducido y selecto grupo de escogidos.
En la Orden del Temple, al morir un Gran Maestre se abría un elaborado proceso de elección compuesto, siempre que fuera posible, por un grupo de trece hombres buenos y sabios y, a ser posible también, en la ciudad de Jerusalem, Vemos así que las dos reglas hablan de pequeños círculos decisorios en la elección.
Teniendo en cuenta las importantes misiones y responsabilidades de abates y maestre, no es de extrañar que estos procesos de elección fuesen realmente tomados muy en serio en ambas reglas (No olvidemos que el Gran Maestre templario tenía bajo su entera responsabilidad toda la influencia templaria en el Mediterráneo y gran parte del mundo occidental).
Existen otras similitudes en cuanto a la admisión de nuevos miembros en la orden. En ambas reglas se fomentaban intensas entrevistas tendentes a llegar a la plena seguridad de que el futuro iniciado conociera a la perfección el tipo de entorno y la futura forma de vida que iba a adquirir, aunque resulta evidente que la Regla Benedictina en este tema era más simple y generalizada que la templaria.
El capítulo 58 de la Regla Benedictina (Admisión de nuevos hermanos) es uno de los más extensos e importantes y define claramente el tipo de recepción al que debe someterse el nuevo postulante, en donde básicamente la primera entrevista era fria e impersonal, no permitiendose al postulante el ser recibido por un hermano antiguo hasta pasados varios dias para proceder a los verdaderos interrogatorios y ser duramente apercibido sobre la rigurosidad existente en la hermandad.
Tras tres periodos de intenso aprendizaje de la Regla, era nuevamente entrevistado para detectar su grado de acatamiento y, una vez aceptado, despojarle de todas sus pertenencias, incluidas sus ropas, como muestra de total sumisión.
Si bien los ritos iniciáticos de los templarios han estado envueltos de gran misterio, lo cierto es que (con independencia de sus cambios a lo largo del tiempo) fueron más duros, más cargados de esoterismo y más herméticos que los benedictinos y en los que participaba la totalidad de la hermandad, pues no conviene olvidar que, en el caso templario, estos no perseguían únicamente una peculiar forma de vida, sino la instauración de una nueva forma de gobierno, de política, de finanzas y , por qué no decirlo, de religión. Aún así, y al igual que en los benedictinos, el código de admisión se basaba casi en su totalidad en las preguntas del Maestre y los hermanos los cuales tenían un importante protagonismo.
Ambos procesos, en principio, buscaban para el iniciado una total comprensión y aceptación de la Regla así como una estricta obediencia, al igual que el pleno conocimiento de las intenciones del iniciado, aunque es conveniente reseñar que el Temple tenía, con toda probabilidad, un reducido y selecto círculo interior no militar cuya entrada no resultaba accesible a todos, de hecho se mantenía (dentro de la misma Orden) en el más absoluto secreto..
Si bién el hábito de un solo color, el desprendimiento de valores materiales, la moderación, caridad , falta total de ostentación, comidas en silencio, faltas y sanciones, sentido profundo de la amistad, ritos iniciáticos y fechas similares de ayuno (aunque los templarios por su condición de "monjes guerreros" recibían comidas más abundantes) están presentes en ambas reglas y guardan profundas similitudes, no podemos olvidar los distintos proyectos de ambas, profundamente monacal la benedictina y más práctica, investigadora, política y ambiciosa la de los templarios que les hicieron ser leones en la guerra y corderos en la paz, feroces caballeros en el campo de batalla y piadosos monjes en la capilla, formidables ante los enemigos de Cristo y generosos con sus amigos.
|
|