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EL ORIGEN
La Orden del Temple se identifica íntimamente con las Cruzadas. Nace como consecuencia de la primera y muere poco después de que se hiciera imposible el último proyecto de ellas (la alianza entre cristianos y mongoles nestorianos), al comenzar el siglo XIV. Las Cruzadas y el reino franco creado por ellas, así como la Orden del Temple, perduran, por tanto, casi exactamente dos siglos, desde finales del XI al principio del XIII.
"Un Caballero de Cristo es un cruzado en todo momento, al hallarse entregado a una doble pelea: frente a las tentaciones de la carne y la sangre, a la vez que frente a las fuerzas espirituales del cielo. Avanza sin temor, no descuidando lo que pueda suceder a su derecha o a su izquierda, con el pecho cubierto por la cota de malla y el alma bien equipada con la fe. Al contar con estas dos protecciones, no teme a hombres ni a demonio alguno."
Año del señor de 1118. Los cruzados occidentales gobiernan Jerusalén bajo el mandato del Rey Balduino II. Es primavera y nueve caballeros, con Hugo de Payns a la cabeza, y a similitud de los ya existentes "Caballeros del Santo Sepulcro", fundan una nueva orden de caballería, con el beneplácito del rey de la ciudad. Han nacido los Templarios.
El primer Maestre (que no Gran Maestre, como se repite a menudo erroneamente) Hugo de Payns, nació en un noble caserío cercano a Troyes hacia el año 1080. Con una sólida educación cristiana y un habil manejo de las armas, sintió desde muy joven la misma vocación de monje que de soldado.
Probablemente se alistó en la Primera Cruzada antes de haber cumplido los veinte años, enrolado quizá entre las tropas del conde Hugo de Vermandois, hermano de Felipe I, Rey de Francia. Es durante dicha cruzada de desbordante fe, cuanto el joven Hugo se da cuenta de que es posible aunar sus dos vocaciones con la creación de una nueva orden religioso-militar, la primera de estas características, destinada al servicio en Tierra Santa. En medio de aquel ejército cristiano, no tardó en encontrar otros ocho compañeros que participaran de su ideal y concepción de la vida.
Es significativo señalar la donación por el Rey Balduino II de Jerusalén como sede para la nueva orden, y de ahí su denominación, de la mezquita blanca de al-Aqsa, del Monte del Templo. Es necesario indicar que en la época, se identificaba dicha mezquita como el emplazamiento exacto del Templo de Salomón (hoy se sabe que era mucho mayor, y que la mezquita ocupa solamente el atrio de dicho templo), y por ello no es facilmente explicable como a una recién fundada "policía de caminos" tal era la función principal de los Templarios en sus comienzos, se le fuera donado semejante emplazamiento, donde cabían sobradamente varios millares de caballeros, teniendo en cuenta que solo eran nueve hombres.
Un hecho que también contiene una cierta dosis de misterio, es que estos primeros caballeros no admitieron a nadie más en la recién creada orden, durante los nueve primeros años de existencia. Algunas especulaciones relacionan esta decisión con una excavación secreta que llevaban a cabo en los sótanos del Templo, donde pudieron haber buscado el Arca de la Alianza, el Santo Grial, etc., tarea de la cual solo unos pocos elegidos habrían tenido conocimiento
Así pues, parece ser que durante los primeros nueve años, los Caballeros del Temple no hacen otra cosa que proteger a los peregrinos, sobre todo en el peligroso camino del puerto de Jaffa a las murallas de Jerusalén. Sin embargo, a pesar de su valor y abnegado servicio, no consta que participaran en las campañas de los reyes del nuevo reino cristiano desde el fin de la Primera Cruzada, l o que refuerza la hipótesis anteriormente citada y defendida por algunos historiadores, que les tendría ocupados durante largo tiempo. De todas formas, esto sería entrar en el terreno de la mera suposición o especulación.
Un siglo más tarde, el historiador Jacques de Vitry, describe de esta extraordinaria manera lo que fue el origen del Temple:
"Ciertos caballeros, amados por Dios y consagrados a su servicio, renunciaron al mundo y se consagraron a Cristo. Mediante votos solemnes pronunciados ante el Patriarca de Jerusalén, se comprometieron a defender a los peregrinos contra los grupos de bandoleros, a proteger los caminos y servir como caballería al soberano rey. Observaron la pobreza, la castidad y la obediencia según la regla de los canónigos regulares. Sus jefes eran dos hombres venerables, Hugo de Payns y Godofredo de Saint-Omer. Al principio no había más que nueve que tomasen tan santa decisión, y durante nueve años sirvieron en hábitos seculares y se vistieron con las limosnas que les daban los fieles."
En 1127, el Maestre Hugo de Payns, una vez obtenida la aprobación de los Templarios por el Patriarca de Jerusalén, preparó un viaje a Roma con el fin de obtener una definitiva aprobación pontificia, y que de ese modo el Temple se convirtiera en Orden militar de pleno derecho. Balduino II, regente de Jerusalén, escribió al entonces Abad de Claraval, Bernardo, para que favoreciese al primer Maestre de la Orden ante la Iglesia.
San Bernardo de Claraval, uno de los iniciadores de la Orden monacal del Císter en Francia, era a sus veinticinco años una personalidad espiritualmente arrolladora, activísimo trabajador, que funda numerosos monasterios, escribe a reyes, papas, obispos y monjes, redacta tratados de teología, está siempre en oración y batallando a los enemigos de la fe romana. Tenía además, dos pariente próximos entre los nueve fundadores del Temple (Hugo de Payns y Andrés de Montbard, que era su tío), por lo que parece probable que tuviese ya noticias de la fundación de la nueva agrupación de monjes-soldados. Así pues, como esta nueva Orden colmaba su propia idea de sacralización de la milicia, recibió con todo entusiasmo la carta del rey Balduino y se convirtió en el principal valedor del Temple.
Por el momento, los Templarios habían recibido de los canónigos del Santo Sepulcro la misma Regla de San Agustín que ellos profesaban, pero el abad de Claraval deseaba algo más próximo y original para sus nuevos protegidos. Lo primero que hizo fue gestionar a favor de su pariente Hugo de Payns y los cuatro templarios que le acompañaban, una acogida positiva y cordial por parte del Papa Honorio II, a quien los fundadores del Temple estaban a punto de visitar en Roma. De acuerdo con la propuesta de Bernardo, en la primavera de 1228, se celebró un concilio extraordinario en Troyes, con nutrida asistencia de prelados franceses y de territorios próximos: dos arzobispos, diez obispos, siete abades, dos escolásticos e infinidad de otros personajes eclesiásticos, todo ello bajo la presidencia de un legado papal, el cardenal Mateo de Albano.
El hábil abad Bernardo, que de una manera u otra estaba vinculado a la mayoría de los asistentes, expuso los principios y primeros servicios de la Orden, y luego supo responder con prontitud a todas las preguntas que le fueron formuladas. El Concilio de Troyes, tras varias semanas de interrogatorios y deliberaciones, aprobó a la Orden del Temple con entusiasmo, como una especie de institucionalización de la Cruzada. De esta manera quedó establecida "oficialmente" la Orden del Temple. El concilio pidió a los nobles y a los príncipes que ayudasen a la nueva fundación y encargó a Bernardo de Claraval que redactase para una Regla original para los Templarios.
La decisión de San Bernardo fue la de adaptar al Temple la dura Regla del Cister, con arreglo a la cual la Orden militar organizó su vida monacal. Los Templarios, en cuanto monjes en sentido pleno, debían pronunciar los votos de pobreza, castidad y obediencia, más un cuarto voto de contribuir a la conquista y conservación de Tierra Santa, para lo cual, si fuera necesario, darían gustosos la vida.
Con los tres primeros votos solemnes, es decir, que solo podían ser dispensados por la Santa Sede, los Templarios se convertían en verdaderos monjes, integrantes de una Orden religiosa plena y no de una simple asociación de caballeros. El cuarto voto, el mismo que los cruzados emitían con carácter temporal mientras estuvieran realizando su "peregrinación armada", se convertía para ellos en perpetuo, denotando su condición militar según el espíritu de la Cruzada.
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San Bernardo, redactor de la Regla de la Orden Non nobis Domine, non nobis sed nomini tuo da gloriam |
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LA EXPANSIÓN
"Non nobis Domine, non nobis sed nomini tuo da gloriam"
(No para nosotros Señor, no para nosotros, sino para gloria de tu nombre)
El Concilio de Troyes y el entusiasta respaldo de San Bernardo provocaron el éxito de la nueva milicia en toda la Cristiandad. Para ingresar en las filas del Temple acudían a Tierra Santa, además de caballeros sin tacha, innumerables miembros de la nobleza menor que, privados de bienes y tierras, habían vivido en el pecado, la lujuria y el crimen. Bernardo de Claraval consideraba una victoria de Cristo la conversión de esos degenerados a la Orden templaria.
Desde el primer momento se quiso dejar claro que para los Templarios las obligaciones religiosas siempre deberían estar por encima de las militares, porque se entendía que un cristiano reconfortado con el favor divino se hallaría más dispuesto al martirio. Lógicamente, no se suponía que los nuevos monjes - caballeros eran enviados a la muerte, ya que por su condición de excelentes guerreros lo más probable es que triunfasen en cualquier batalla que fueran a librar, al contar con la importante ayuda añadida de Dios. Así era la mentalidad de la época.
En torno al joven abad de Claraval se agruparon Pedro el Venerable, abad del Cluny (la otra gran orden monacal aparte de la del Cister), el abad Suger de Saint-Denis, el prior de la Cartuja y Esteban Harding, abad del Cister, impulsando entre todos ellos el nacimiento y crecimiento del Temple. Favorecidos por las redes de monasterios que obedecían a ese grupo de grandes abades aliados de Bernardo, el pequeño pelotón de Templarios que había asistido a Troyes se dispersó por los diversos reinos europeos para presentar en vivo el mensaje del concilio y logró en todas partes un apoyo inmediato.
Hugo de Payns y sus compañeros donaron al Temple sus tierras, con las que se constituyeron las primeras encomiendas. Una riada de nuevos reclutas para la Orden se incorporó a los trabajos de los cinco misioneros templarios, llamados de todas partes para que explicasen su vocación, que sintonizaba perfectamente con el sentido cristiano y caballeresco de aquellos tiempos. Todos ellos recibían donaciones en cantidad y calidad sorprendentes, que en pocos años, con el apoyo de Cister y Cluny, transformaron Europa en un auténtico entramado templario.
El extenso recorrido de los cinco monje-soldado por varios reinos después de la clausura del concilio de Troyes fue verdaderamente triunfal. Fueron acogidos con entusiasmo y generosidad desbordantes por reyes, obispos, príncipes, nobles y el pueblo, prácticamente sin excepciones. Las hazañas de los cruzados en Tierra Santa habían inundado de fervor religioso a las gentes de Occidente, y la ayuda al Temple, esa Orden que resumía y concentraba lo mejor de la Cruzada y que estaba avalada por San Bernardo y sus aliados, ofrecía a todos la posibilidad inmediata de participar en la defensa de los Santos Lugares.
Hugo de Payns se dirigió a Anjou y Maine, con gran éxito. Después recorrió Poitiers y Normandía, donde de alguna manera estaba emparentado con los duques gobernantes, así que fue muy bien atendido. Se le concedieron tierras e importantes donaciones de todo tipo, se le permitió hacer una recluta, se le abrieron las iglesias y se le dejó hablar en las plazas. Allí, Enrique I de Inglaterra le comunica que existe gran expectación por conocer al Temple en su país, por lo que el maestre se presenta en Inglaterra y Escocia, de donde consiguió traerse un buen puñado de hombres. Desembarcó en Flandes y llegó a su Champagne natal en enero de 1129, acompañado por gran número de nobles y caballeros que habían tomado la Cruz. Muchos de ellos deseaban ingresar en la Orden nada más llegar a Jerusalén.
Al mismo tiempo, los demás Templarios habían realizado un trabajo semejante regiones de origen. Godofredo de Saint-Omer en Flandes, Payen de Montdidier en Picardía. Hugo Rigaud obtuvo tal acogida en el sur de Francia, que tuvo que encomendar a otro Templario recién iniciado la continuación de su labor en España. Todavía en ese mismo año, los cinco Templarios y su contingente de selectos reclutas descienden entre el clamor de ciudades y pueblos por el valle del Ródano, para embarcarse hacia Jerusalén, donde son recibidos en triunfo en la Casa del Temple, su cuartel general, adonde habían enviado cantidades ingentes de oro y plata, para ir preparando su espléndido despliegue militar en Tierra Santa.
El primer Maestre podía sentirse satisfecho. Había dejado en occidente una amplia poderosa organización templaria en marcha, que enviaría cada vez más recursos y hombres a Ultramar. Esa retaguardia dirigida por los lugartenientes, con Hugo Rigaud como procurador de la Orden a la cabeza, extendió la presencia e influjo del Temple por las regiones ya sondeadas por la primera expedición, y poco después, por otros reinos cristianos, como el Imperio Alemán, Italia y las Coronas de Aragón, Portugal y Castilla, donde se comprendió perfectamente el mensaje templario porque la Península Ibérica era también tierra de Cruzada desde el inicio de la Reconquista.
No se conocen bien las actividades de los Templarios durante los años inmediatamente posteriores, hay poca información al respecto. Es probable que los caballeros concentraran sus recursos en la tarea para la cual habían sido destinados en un principio: proteger las rutas que solían transitar los peregrinos, exceptuando un frustrado asalto contra Damasco, proyectado por Balduino II, a la vuelta de Hugo de Payns con las fuerzas que había reclutado.
La primera fortaleza importante asignada a los Templarios no se hallaba en el reino de Jerusalén, sino en la frontera más septentrional de las posesiones latinas, que eran las montañas de Amanos, que hacían de frontera entre lo que era en aquella época el reino armenio de Cilicia y el principado cristiano de Antioquía. En la década de 1130, al Temple se le dio la responsabilidad de proteger esa región fronteriza. Para proteger el paso de Belén, en la marca de Amanos, ocuparon la fortaleza de Bragas, a la que llamaron Gastón, un castillo erigido sobre un peñasco inexpugnable. Más al norte, para proteger el paso Hajar Shuglan, ocuparon los castillos de Darbsaq y La Roche de Roussel. En la Cisterna Rubea, a mitad de camino entre Jerusalén y Jericó, los Templarios construyeron un castillo, una estación vial y una capilla. Había una torre templaria más cerca de Jericó, en Bait Jubr at-Tahtani; un castillo y un priorato en la cima del Monte de la Cuarentena y un castillo junto al río Jordán.
Hugo de Payns, fundador del Temple, murió, tr as ver cumplido su pujante y su ideal, el 24 de mayo de 1136. Se ignora la causa pero se sabe que no fue en combate. Tres años después, el 29 de marzo de 1139, el Papa Inocencio II dictó la bula Omne datum optimum, dirigida al segundo Maestre Roberto de Craon, que proporcionaba al Temple importante ventajas: quedaban eximidos de toda jurisdicción eclesiástica intermedia, estando sujetos solamente al Papa. Incluso el Patriarca de Jerusalén, ante quien los caballeros fundadores habían hecho sus votos, perdía toda autoridad sobre la Orden. La bula la permitía al Temple tener sus propios oratorios y autorizaba a los sacerdotes a unirse a la hermandad en calidad de capellanes, lo que hacía a los Templarios totalmente independientes de los obispados diocesianos, tanto en Ultramar como en Occidente. El Temple tenía derecho a percibir diezmos, pero no necesitaba pagarlos, exención que hasta el momento solo se había concedido a los cistercienses, y podía tener cementerios contiguos a sus casas. Asimismo, los miembros tenían derecho al botín tomado al enemigo y solo debían responder ante su maestre, que sería uno de ellos, elegido por el cabildo sin ninguna presión de los poderes seculares.
Durante los subsiguientes papados de Celestino II y Eugenio III, las bulas expelidas -Milites Templi en 1144 y Militia Dei en 1145 - refuerzan los privilegios de los Templarios y sugieren que el respaldo a la Orden era desde ese momento la política oficial de la curia romana. Retener Tierra Santa era la prioridad, quienquiera que fuese el que llevara la tiara papal, y la Orden del Temple ya se había convertido en un pilar de la guerra de la cristiandad contra el Islam.
Estos favores suscitaron, como es lógico, la oposición de los obispos, entre los que figuraba el Patriarca de Jerusalén, además de comenzar a fraguar las envidias de algunas órdenes religiosas, que siempre perseguirían a Hugo de Payns y a sus monjes-guerreros, lo mismo que a todos los que les siguieron como Templarios.
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LA DECADENCIA
"¡El Señor tenga piedad de nosotros! ¿En qué dirección marcharon todos los sargentos y los ricos mercaderes que se encontraban entre los muros de este lugar? Fatalmente, nos ha sido arrebatado tanto territorio en Palestina que, debo admitirlo, nunca conseguiremos recuperarlo."
La decadencia del Temple no se inició en 1307, con la detención y proceso de sus miembros, sino que ya mucho tiempo antes la Orden atravesaba una degeneración religiosa y acumulaba una riqueza institucionalizada por la conversión de los Templarios en el primer sistema multinacional bancario de su tiempo, además de poseer un poder inmenso, en parte relacionado con esa riqueza, tanto en la política del reino de Jerusalén como en Occidente. Ni la decadencia religiosa, ni la riqueza ni el poder figuraban en las sucesivas reglas de la Orden del Temple.
Tras la caída de San Juan de Acre, el último bastión cristiano de Tierra Santa, en 1291, (y si exceptuamos la isleta encastillada de Ruad, tres kilómetros mar adentro al suroeste de Tortosa, que resistió hasta 1303) la Orden había perdido su horizonte en Ultramar. Se había quedado sin misión, no servía para nada, o como se insinuaba, no era cosa de ese tiempo sino del pasado. Cierto que el Temple había intentado establecer de nuevo una cabeza de puente en Palestina o Siria, pero había fracasado, al contrario que el Hospital, que se apoderó de la isla de Rodas para organizar en ella una base avanzada y, lo que era más importante, soberana.
De momento intentaron establecerse en Chipre, donde ya se encontraban los Hospitalarios. Entonces optaron por viajar a Francia, olvidando que España y Portugal, lo mismo que Inglaterra, eran lugares donde su situación hubiese sido mucho mejor.
Se fijaron en París porque allí contaban con un importante patrimonio, unos valiosos edificios, y sobre todo, debido a que siempre se habían sentido francos por los orígenes de sus fundadores y por la mayoría de ellos, naturales de Francia.Ese error de dejar primar el "amor a la patria" por encima de sus intereses materiales y religiosos fue la causa de sus perdición, si bien es cierto que en ese tiempo quizá fuera casi imposible de ver. Pero la verdad es que su situación en el país galo ya no era la misma. Por culpa de las manipulaciones de los consejeros de Felipe IV, el gobierno de Francia había quedado bajo el dominio de los caprichos del monarca, pero los miembros del Temple seguían considerándose muy poderosos, ya que todo el tesoro de la corona francesa se encontraba bajo la tutela de los banqueros de la Orden, a la vez que sus propias riquezas lo triplicaban. Una situación que, en apariencia, invitaba a no sentir ningún temor por el futuro. Pero esta riqueza suponía un peligro para Felipe IV, quién temía que los Templarios, al igual que los Hospitalarios en Chipre y los Teutones en Alemania, aspirasen a fundar su propia soberanía francesa. Son significativas, en este aspecto, las palabras del gran historiador Michelet: "Llegaron a Francia siendo portadores de un inmenso tesoro, compuesto de ciento cincuenta mil florines de oro y diez mulos cargados de plata. ¿Qué se proponían conseguir en tiempos de paz con tantas fuerzas y riquezas? No existía otro país en el que contasen con mayor número de plazas fuertes, además se hallaban unidos a casi todas las familias de la nobleza..."
Ramón Llull, religioso y noble mallorquín, uno de los intelectuales más originales y cultos de la Cristiandad, propugnaba con fuerza la idea de una nueva Cruzada, para reconquistar los territorios perdidos, a sabiendas además que los mongoles pro-cristianos que hostigaban a los árabes por oriente, no verían con malos ojos una alianza con los cristianos occidentales. Pero la idea del filósofo se basaba, sobre todo, en la creación de una nueva Orden militar, que saldría de la fusión de la Orden del Temple y la del Hospital. Para ello Llull se entrevistó con Jacobo de Molay, el maestre del Temple, en 1301 en Limassol y Famagusta, mientras los Templarios permanecían en Chipre, para que éste considerase la idea. Este plan, asumido luego como propio por Felipe IV y pretendido también por Clemente V, quien se lo propuso nuevamente a Jacobo de Molay en 1306, siempre encontró la firme oposición del Maestre Templario, que se negó en redondo. Ramón Llull se encontró que mientras los Hospitalarios trataban de reorganizarse, construyendo hospitales y acondicionando fortalezas, los Templarios habían perdido la fe en si mismos, resignándose a un futuro que no veían muy prometedor en Ultramar. Cristo, decían, les había abandonado mientras parecía favorecer a los musulmanes. La última época del Temple en Tierra Santa estuvo jalonada por gloriosas derrotas, al contrario que las épocas anteriores.
Sin embargo esa pérdida del favor divino no había llegado sin culpa del Temple. Los "Pobres Caballeros de Cristo" ya no lo eran. La Orden había acumulado riquezas enormes tanto en Occidente como en Próximo Oriente. Ofrecían seguridad a sus clientes pero contra la firme doctrina de la Iglesia, en toda aquella época prestaban dinero a interés, que además cobraban por adelantado. El Banco del Temple y su Marina habían tendido toda una red comercial que estableció tupidas relaciones con los estados europeos y los musulmanes. Esta actividad financiera de los Templarios con Damasco y Egipto, por citar un par de ejemplos, condicionaba gravemente la estrategia de la Orden, impedía u obstaculizaba su principal finalidad, la lucha contra los infieles, subordinada su actividad militar a sus intereses mercantiles y bancarios.
"No se puede servir a dos señores" había dicho el Evangelio; el servicio de Dios era incompatible con el que se prestaba al dios de las riquezas, Mammon. La Orden del Temple prestaba muchas veces servicio a Mammon y los Templarios lo sabían.
La sobreabundancia de dinero representaba para el Temple un estímulo más para su participación cada vez más intensa en el poder y en la lucha por el poder. Los Templarios participaban con espíritu partidista en las disensiones internas que llevaron al Reino de Jerusalén a la ruina. También actuaron en el primer plano de la política occidental, donde trataban de mantener un cada vez más difícil equilibrio entre su condición de Milicia de San Pedro, ejército del Papa y su lealtad a cada una de las Coronas en cuyo territorio operaban y en cuyas cortes desempeñaban puestos importantes como consejeros y banqueros. Cuando el poder pontificio y el poder real entraban en conflicto a muerte, como ocurrió en los casos del Papa Bonifacio VIII o en el conflicto con los cátaros, las tensiones provocadas afectaron decisivamente a la supervivencia de la Orden del Temple. Se habían situado fuera del juego religioso, operaban en terrenos diferentes y ajenos a su vocación.
Puede que Cristo les hubiera abandonado, pero ellos antes habían abandonado a Cristo.
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